Cuando
día tras día vamos acumulando angustia por la cantidad de cosas
que hay que hacer, o por la incertidumbre de lo que vaya a ocurrir,
las respuestas de alarma habituales del organismo también se van
manteniendo, produciendo efectos negativos sobre la persona: supongamos
que una persona está pendiente de la evaluación que va a hacer de
él su jefe, supongamos también que está pendiente de la respuesta
del banco para la concesión de un crédito. Esta persona tendrá una
“dosis” de ansiedad mucho mayor que otra que no esté en su situación.
Si además añadimos algo de agobio por el día a día, es posible que
sienta desazón, molestias en el estómago, irritabilidad, dolor de
cabeza, pesimismo... Es fácil caer en el error de creer que si uno
no está “dándose caña” todo el tiempo, no podrá hacer todo lo que tiene que hacer. O lo que es lo mismo, no existe otra forma
de conseguir hacer las cosas si uno no se obliga a ello. ¿Realmente
es así?.
El
rendimiento, con respecto a la ansiedad, va aumentando hasta un
cierto nivel en el que se mantiene para acabar declinando. La persona
que necesita una dosis elevada de excitación para rendir bien, podrá
exceder el nivel óptimo de ansiedad con relativa facilidad en situaciones
en que quiera rendir más. Más presión, teóricamente produciría más
rendimiento, pero hasta un límite. Demasiadas cosas que hacer hará
que nuestra capacidad máxima para hacer cosas se vea sobrepasada,
haciendo que nos olvidemos de cosas que antes no olvidábamos, que
nuestra concentración sea menor, etcétera.
Nuestra
forma de ser es la que en gran medida nos acelera, a veces por las
circunstancias que nos rodean, y otras por la necesidad de hacer
las cosas lo mejor posible, evitar el rechazo... Es posible que
alguna vez se haya puesto nervioso intentando saber qué imagen ha
dado a alguien que acaba de conocer, incluso puede que a cada frase
que diga se pregunte si lo que ha dicho es correcto o no. Esta seria
una de las formas en que podemos llegar a sentirnos realmente mal
por la simple interpretación de los hechos. De esta manera, para
hacer frente a las sensaciones de desasosiego y malestar físico
será necesario cambiar la forma de afrontar los problemas.
Para
que una persona sienta que está activada necesita que se produzcan
cambios internos. Pueden producirse muchos y de muchas clases, de
los cuales podríamos destacar: el aumento de la tensión arterial,
el aumento de la concentración de colesterol en sangre y el bloqueo
de la digestión. Así pues, si estamos constantemente activados tenemos
grandes posibilidades de sufrir una cronificación de estos estados
y consecuentemente aumentamos tremendamente la posibilidad de padecer
un trastorno psicofisiológico.
Trabajar
para producir un cambio en nuestras habilidades para hacer frente los problemas, es una solución muy eficaz que reducirá la ansiedad
y sus consecuencias. No se producen cambios inmediatos al principio,
pero la acumulación de experiencia, la práctica, acaba dando los
frutos esperados.
Fernando Azor Lafarga
Director del centro |
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