Todos estos miedos tienen en común la evitación, pero el origen puede ser muy diverso: tras vivencias traumáticas (accidentes, abusos…), vivencias contadas por otras personas, personalidad analítica y anticipadora de los peligros de manera constante. Este ultimo caso ayuda tremendamente a mantener los miedos que vayan apareciendo en la vida de una persona: cuantos más medios se ponen para garantizarse que lo que uno teme no va a ocurrir, más tiempo se pasa viendo lo posible que es que ocurra, y por tanto más probable parece.
Dentro de las actitudes que pueden prevenir la aparición de fobias está la de afrontar hasta qué punto lo que uno teme tiene las consecuencias que uno cree. La clave para que aparezcan los miedos está en que nuestro bienestar provenga de distanciarnos de lo que tememos. De ser así será difícil aprender que lo que nos asusta es afrontable. Desde la educación, enseñar a un niño a comprobar si algo debe ser temido: piscina, perros, oscuridad… hará que luego, en la edad adulta sea más sencillo enfrentarse a otros miedos: la muerte, las alturas… Hacer que el niño compruebe por la experiencia, de manera graduada, qué pasa cuando se queda en la habitación a oscuras, o qué pasa si toca el fondo de la piscina, por ejemplo, le ayudará a sentir que lo que le rodea no debe ser temido en exceso. Por otra parte, los miedos de los padres, la búsqueda de garantías de que no le va a pasar nada al niño, cuando se tornan extremas, dificultará tremendamente reducir los miedos en el futuro.
Habría que especificar que no todo lo que se teme debe ser superado, al fin y al cabo el sentimiento de miedo es la respuesta de nuestra mente para favorecer la probabilidad de supervivencia. Dicho de otro modo, los miedos son necesarios. El problema es cuando nos invalidan sin ser capaces de avanzar.
Fernando Azor Lafarga
Director del centro |
Para ver más artículos pincha aquí |