Quemarse al Volante
.
Palabras clave: psicologia, conducción, ira, rabia, pensamenientos activadores, conducir
|
“¡Mujer tenía que ser!” “¡¿Dónde te han regalado el carné?!” Estas y otras muchas frases se dicen con frecuencia al volante de un coche. Los horarios apretados, los atascos a veces impredecibles, maniobras de otros conductores que pueden producir accidentes, incumplimiento de normas de educación, estar perdido en una zona desconocida, los reproches al conductor por parte de otras personas que comparten el vehículo y la inseguridad o falta de experiencia al volante, son entre otros, motivos para que la conducción se torne agobiante y favorezca acumular malestares a lo largo del día.
Según se van sucediendo situaciones como las nombradas anteriormente, y en función de los estados anímicos previos de cada persona, se podrán producir reacciones más o menos desproporcionadas con duración breve o prolongada a lo largo del día: gritos, enfado, indignación, insultos e incluso peleas. |
Estas reacciones normalmente no se producen en una persona sólo ante la conducción, suelen aparecer en otros ámbitos de la vida también. Detrás de ellas suelen hallarse ideas rígidas sobre cómo deberían ser las cosas, sobre cómo deberían conducir las otras personas, sobre lo mal distribuido que está el tráfico, sobre la cara dura de algunos, sobre la lentitud de otros… Las expectativas previas producen que sea fácil catalogar a los otros en categorías estancas tipo buenos y malos o torpes y hábiles… Es fácil por tanto explotar y cargar hacia otro.
Los pensamientos que favorecen el enfado más frecuentemente suelen giran alrededor de varios errores de partida: 1) Considerar que el otro tiene la intención y el deseo de fastidiar. Si es así lo normal es que se desee aleccionar al otro, darle su merecido. 2) Presuponer que existe una sola forma de hacer las cosas bien al volante. Que nunca ha de apurarse la salida en un ceda el paso, que hay que poner el intermitente SIEMPRE cuando se va a parar en un lado… Está claro que hay normas escritas en el código de la circulación y unas sanciones previstas por el no cumplimiento, pero la realidad es que por más escritas que estén no siempre se respetan todas. Son muchas las razones que favorecen este incumplimiento: las prisas, el enfado con otro conductor, creer que la infracción es menor y sin repercusión sobre otras personas, etc. Por tanto un planteamiento más correcto y adaptado a lo que verdaderamente uno se encuentra en calles y carreteras es afrontar que al llegar a una rotonda alguno apurará la salida del ceda el paso y te hará frenar cuando no correspondía; que sin advertirlo alguien frenará y se parará cerca de una acera para dejar bajar a un pasajero, pendiente sólo de si la tienda a la que va está abierta y no en sí molesta; o ocurrirá que alguien, listo o tanto da igual, se colará en alguna cola de acceso a un centro comercial. Si lo entendemos veremos que quizás valga de poco el nivel de malestar que produce un tercer error de partida: 3) creer que si damos a la gente su merecido aprenderá a no hacerlo más la próxima vez. La verdad es que es posible conseguirlo puntualmente, pero lo habitual es que uno se sienta mal y los hechos se sigan sucediendo.
En cualquier caso todo es opinable y si uno valora que compensa el malestar y que prefiere centrarse en cómo deben ser las cosas y no en cómo son, simplemente tendrá que afrontar las consecuencias emocionales. En las ciudades grandes es mucho el tiempo que podemos pasar conduciendo, por eso es importante no “quemarse” para tener una mejor calidad de vida.
Fernando Azor Lafarga
Director del centro
|