La persona que muestra sus deseos de esta manera acaba teniendo que estar mal para poder conseguir la ayuda, el apoyo o la atención de las personas que le rodean. ¡No parece que esta sea la mejor forma de estar bien! El exceso de culpabilizaciones hace que el bienestar no provenga de uno mismo sino de lo buenos o malos que sean los demás. Hace que la capacidad para alcanzar el bienestar por uno mismo sea cada vez más difícil. Es decir, que alguien que culpabilice mucho acabará adoptando una actitud de víctima hacia los acontecimientos de su vida.
Por el otro lado están los que reciben la culpa. Aquellas personas que sean especialmente sensibles a las necesidades de los demás, tienen más probabilidad de caer en el manejo por la culpa o la victimización. Cuando reciben peticiones les resulta más complicado negarse a ellas, facilitando que el otro utilice más a menudo el mismo método para conseguir otras cosas. En el caso concreto de los niños, cuando son culpabilizados de manera continuada por no realizar las tareas o no portarse bien, tienden a generar unos sentimientos de culpa fortísimos que suele producir la sensación de no estar haciendo nunca bien las cosas. Fuera de su entorno la gente los percibe como buenos y atentos pero ellos mismos no acaban de sentirse seguros de estar actuando correctamente.
Así pues, sentirse culpable no es malo, lo es cuando se convierte en algo demasiado frecuente y nos afecta en exceso a nosotros mismos y a los que nos rodean. Aprender a no culpabilizarse en exceso es un requisito indispensable para poder ser más felices, del mismo modo que es necesario aprender a hacer frente a las culpabilizaciones que otros nos lanzan para satisfacer sus necesidades.
Fernando Azor Lafarga
Director del centro |
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